| 23 de enero

Tierra del Fuego en la Revista 7 Días

Producto de un press trip organizado por el Ente Oficial de Turismo Patagonia Argentina y el Infuetur, Tierra del Fuego muestra sus atractivos turísticos en una reconocida revista de tirada nacional. La periodista Susana Parejas, visitó la provincia fueguina con el propósito de potenciar la difusión del destino, a través de la aparición en dicha revista. Además, Parejas es Directora de www.turismoyocio.tv una Web TV dedicada al turismo, tiempo libre y últimas tendencias.

Producto de un press trip organizado por el Ente Oficial de Turismo Patagonia Argentina y el Infuetur, Tierra del Fuego muestra sus atractivos turísticos en una reconocida revista de tirada nacional.
La periodista Susana Parejas, visitó la provincia fueguina con el propósito de potenciar la difusión del destino, a través de la aparición en dicha revista. Además, Parejas es Directora de www.turismoyocio.tv una Web TV dedicada al turismo, tiempo libre y últimas tendencias.
El recorrido abarcó diversas actividades dentro de la oferta en materia turística de la isla, la cual comprendió el Tren del Fin del Mundo, Excursión al Parque Nacional Tierra del Fuego, Sobrevuelo en la ciudad, Aerosilla Glaciar Martial, Navegación a la Pinguinera con descenso y City Tour al Museo Marítimo.
Cabe señalar que esta cobertura especial se realizó a través de un ¨Press Trip¨ organizado por el Ente Oficial de Turismo Patagonia Argentina en conjunto con el Instituto Fueguino de Turismo con el propósito de consolidar el desarrollo de los nuevos productos y destinos turísticos de la región.
A continuación presentamos el contenido de la nota:
Ushuaia
Tierra mística
Asombrosos paisajes se mezclan con leyendas e historias de presos, pioneros y emprendedores. Montañas, valles, lagos, nieve y sol, todo convive en esta tierra en la que vive gente de todo el país pero logra conservar su identidad.
Por Susana Parejas (Desde Ushuaia) Fotos: Marcelo Cugliari 
 
 
Por la ventanilla del avión la mirada curiosa quiere anticipar desde el aire lo que se recorrerá por tierra. Y si el tiempo lo permite, también por mar. La vista ansiosa se detiene en esa cinta colorida de casitas que se arrima a la orilla y que contrasta con el color oscuro de las montañas de la cordillera con sus picos nevados. La postal es hermosa. Los ojos no se despegan del pequeño óvalo intentando no perderse detalle. Es el primer contacto con esta tierra llena de misticismo y leyendas. Es la primera impresión de Ushuaia, la "bahía que penetra hacia el poniente" en lengua yamaná, de la capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, de la ciudad conocida como "el fin del mundo", o como aquí dicen, el inicio de todo. 
 
Y por estar en el fin o en el comienzo, el clima se da el gusto de hacer lo que quiere. Los lugareños están acostumbrados a tener las cuatro estaciones en el mismo día: sol, lluvia, nieve, frío, todo así; a una intensa nevada, sucede un cielo soleado que de pronto se cubre de nubes negras y diluvia. "Hay que esperar cinco minutos. Estamos en el fin del mundo, todo puede cambiar", nos consuela el guía ante el repentino aguacero. Todo se le perdona a Ushuaia, porque también lo impredecible tiene su encanto. Por eso todo se espera, como una copiosa nevada al inicio del verano. El clima, con sus sorpresas, se convierte en un personaje más de esta colorida ciudad costera en la que hoy viven unas 80 mil personas. Los números turísticos aseguran que hay más de 5.000 camas, en 119 hoteles habilitados; que llegan en todo el año unos 300 mil turistas. A través de los cruceros arriban más de 94 mil, la temporada se inicia en octubre y finaliza los primeros días de abril, con más de 300 recaladas, de las cuales el 60% son buques antárticos. 
 
Tren con historia
 
Quique Díaz viste una gorra gris, un traje del mismo tono, un uniforme que remite a aquellos jefes de estación. Cuando se le pregunta, si él sería el jefe de estación, sonríe y responde con orgullo: "¡No sería, lo soy!". Un trabajo que obtuvo por haber creado desde el minuto cero el Tren del Fin de Mundo. Quique fue marino mercante, pero cuando nació su hijo dejó de navegar por los mares para anclarse en Tierra del Fuego, con un espíritu emprendedor y "en vez de llevarse sus ahorros a paraísos fiscales" decidió cumplir un sueño en su propia tierra. Y, paradójicamente, lo hizo cuando los ferrocarriles cerraban, en 1994. Hoy, su proyecto es una realidad que costó unos 7 millones de dólares y que mueve unos 100 mil turistas al año. 
 
"Me fui a Gran Bretaña, me traje los planos y construí la primera locomotora a vapor en la historia de la Argentina, traje un ingeniero de Inglaterra y construimos locomotoras a vapor, coches, esta estación. Hicimos todo de nuevo, en los talleres entrenamos carpinteros, mecánicos, fresadores, torneros, todos trabajando para que el turista tenga a bordo una emoción que tratamos de que sea única", explica con entusiasmo Quique, mientras sonríe a los visitantes, hace algunas bromas y recibe los tickets para ingresar al andén, como un buen jefe de estación. 
 
La historia de este tren está íntimamente ligada a otro que también recorría esta zona, el de los presos. Desde que comenzó a funcionar en 1910, todos los días a las 7 de la mañana salían del presidio vestidos con sus trajes a rayas azules y amarillas en verano, y con abrigos azules en invierno; iban a cortar leña y juntar piedras a los bosques del Monte Susana. Con sus piernas colgadas de las vagonetas, custodiados por los guardias, recorrían 25 kilómetros. Muchos pobladores, los más antiguos que, en esa época eran niños, recuerdan el paso del tren. Cuentan también que algunos habitantes del pueblo les dejaban comida, cigarrillos, chocolates y hasta cartas de familiares entre los árboles del bosque. El tren siguió circulando hasta 1952, aunque la cárcel cerró 5 años antes. 
 
En este tren repleto de turistas de todas partes del mundo, el recorrido es menor: hace los últimos 7 kilómetros de los 25 que hacía el de los presos, nadie va con los pies colgados, sino sentados en cómodos vagones y mientras transita un hermoso valle, salpicado por los troncos, ahora grises, de los árboles talados por los presos, se va escuchando la historia de lo que fue el pasado de esta parte de la Patagonia argentina. Atraviesa el Cañadón del Toro, cruza el río Pipo, bautizado así en honor a un preso que murió ahogado, el humo blanco de la locomotora se mezcla entre el verde de las lengas. El paisaje acompaña con su belleza las narraciones que se realizan en varios idiomas, de pronto cae nieve y todo parece cambiar de color, el gris se posa sobre el cielo, pero en la primera y única parada del recorrido, Estación Cascada La Macarena, el sol arremete y el cielo se vuelve azul. Muy azul. Bendito clima. 
 
¿El fin o el principio? 
 
Por un rato, el cielo despejado y soleado acompaña el trayecto desde el final del tren hasta el Parque Nacional Tierra del Fuego, que tiene casi 69 mil hectáreas, de las cuales se visitan sólo el 10%. Hay un sitio que marca el misticismo de este lugar, una parada que se impone, antes de empezar el sendero que lleva a la Bahía Lapataia. Cámara en mano, todos esperan para inmortalizarse en el lugar donde los pies están a 3.979 km de Buenos Aires y casi a 18.000 kilómetros de Alaska y es aquí donde termina la ruta Panamericana. Tal como indica el cartel. Es el fin del mundo, es el punto más austral que podemos llegar por tierra y es el punto más al sur que visitamos en el Parque Nacional de Tierra del Fuego", asegura el guía Alejandro Niz. Y la mirada se pierde en esas montañas que rodean el mar que entra en la bahía, la inmensidad se hace presente y la sensación de estar en este punto, el más lejano, asombra, o más bien emociona. 
 
Lapataia significa "bahía de la madera" en lengua yámana, los primitivos habitantes de esta tierra. Tal como cuentan los guías, los yámanas solían andar sin ropas. Y así se los representa en las maquetas del Centro de Interpretación Alakush, a 8 km del ingreso del parque. Arropados con prendas de última tecnología, es imposible pensar en cómo resistían el frío. Estos primeros habitantes dueños de esta vasta región sobrevivieron a las bajas temperaturas, pero no al hombre blanco, que no sólo los exterminó por la fuerza, sino también por traer enfermedades desconocidas que los diezmaron. 
 
Vedette indiscutida 
 
Alfredo Gabriel Guaricuyú es dueño de "La cantina fueguina de Freddy", en San Martín 318, un restaurante con mucho de bodegón, donde una pecera con centollas recibe a los visitantes. Ellas se pasean por ese mínimo lugar, sin saber que los que entran están allí para comerlas. Cosas de la vida y la naturaleza. 
 
Freddy trabajó desde los 17 años en la cocina de restaurantes en Buenos Aires; en el ’98 conoció a una chica, que ya había trabajado en Ushuaia, y se volvieron a esta tierra a buscar una oportunidad. De trabajar en restaurantes pasó a tener su propio local, pero un viaje a España fue la llave del éxito del que hoy goza su cantina. "En Madrid muchos restaurantes tienen la pecera contra la vidriera, y acá no había nadie que vendiera centolla entera, tal vez si alguien la pedía", aclara. Sólo basta ver asomarse por la vidriera a los turistas, o ver cuando se acercan a la pecera donde un par de centollas tiñen de color rojo anaranjado el agua, para darse cuenta de que este crustáceo, un producto natural del canal de Beagle se transformó en la vedette de la gastronomía local. "Acá hay pocas cosas típicas, la centolla, que es muy buscada y ya tiene precio internacional; la merluza negra, un pescado muy grande que se llama así por la piel porque la carne es muy blanca; luego el cordero y la trucha salmonada. Esos son los cuatro pilares de la gastronomía de Ushuaia", resume Freddy. 
 
Los más valientes se atreven a sacarlas de la pecera. Se filman, sacan las fotos cuando las eligen y mientras las están comiendo. Todo se convierte en un ritual. Los baberos, las enormes fuentes con el crustáceo, las tijeras para cortarlas. Freddy aclara que la centolla en realidad no se pesca, sino que se atrapa con unas trampas tipo cono. En ellas hay un agujero y adentro está la carnada: las centollas son carroñeras, comen todo lo que está en el fondo del mar, no nadan sino caminan, cuando encuentran una trampa suben y se largan a comer esa carnada y caen en ella. Los pescadores cada semana, o cada diez días, levantan la línea completa, compuesta generalmente por 10 trampas. Toda la centolla que se come en esta zona es recolectada de su ámbito natural. "Aquí no hay cría de centolla, tarda mucho en criarse un tamaño comercial, que tiene que tener de caparazón 12 cm. Para que el caparazón tenga ese tamaño se calculan unos 12 años", aclara Freddy. Esto explica el precio: desde 450 pesos una entera, una porción indivual 120. "Trabajé mucho la centolla. Pero, aquí toda las recetas son creaciones mías", confiesa este experimentado cocinero. Cena de por medio, se comprueba que todo lo que dicen de la centolla es cierto. Un manjar fueguino imperdible de probar justo la noche antes del fin del viaje. 
 
Falta muy poco para que el avión levante vuelo y la vista vuelva a perderse entre las montañas de la cadena Martial y esas casitas que le dan color a la ciudad. No hay un mojón, un punto que marque el fin del mundo, la mística está en cada lugar que se visita, en cada rincón de esta hermosa tierra, la más austral de la Argentina. Aquí termina todo, o empieza todo. De eso se trata. 
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