La renuncia de Guillermo Francos y su reemplazo por el vocero presidencial Manuel Adorni al frente de la Jefatura de Gabinete de Ministros ha generado polémica por su conveniencia y por el significado político de la decisión, tras la victoria de La Libertad Avanza en los comicios de renovación parlamentaria del 26 de octubre. ¿Es Adorni la mejor opción para el cargo y para la etapa que se abre de desafíos para el Gobierno Nacional? ¿Por qué asume el cargo faltando poco más de un mes para jurar como legislador porteño? ¿Adorni fue candidato testimonial? ¿Estafó el portavoz al electorado? ¿En qué se diferenciaría una candidatura testimonial de Adorni con las que promovía Néstor Kirchner hace casi dos décadas y Axel Kicillof este año?
Primeramente, debemos recordar que en las elecciones porteñas, Adorni fue electo legislador del distrito, debiendo asumir su banca el 10 de diciembre, con lo cual resulta extraña su designación por sólo un mes y 9 días como máximo, en función de la publicación en Boletín Oficial del acto administrativo que lo designa en el cargo del gabinete. Salvo que la designación sea para la segunda parte del mandato de Javier Milei como presidente, son pocas semanas las que tendrá como primus inter pares del Gabinete; excepto que su candidatura haya sido testimonial, emparentando a Milei y a Adorni con, por ejemplo, las candidaturas testimoniales inauguradas por Néstor Kirchner en los comicios de renovación parlamentaria de 2009 y que el propio gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, promovió en las elecciones del 7 de septiembre impulsando la postulación de su propia vicegobernadora Verónica Magario. Si bien la Cámara Nacional Electoral determinó en 2009 que no se podía hacer un control preventivo dado que no se puede anticipar si los candidatos asumirían las bancas para que las que se estén presentando, sí constituyen las candidaturas testimoniales una “inaceptable manipulación de las instituciones de la república”. Casualmente, o no tanto, uno de los impugnados de las elecciones de 2009 fue Daniel Scioli, quien se comprometió a asumir la banca si era electo. Finalmente se desdijo y siguió siendo gobernador. Como es sabido, hoy Scioli es funcionario del gobierno de Milei. No obstante, Alberto Dalla Vía, miembro de la Cámara que aun se mantiene como tal, ahondó que las candidaturas testimoniales, eventuales o condicionales son manifiestamente inadmisibles, quiebran el sistema representativo establecido en la Constitución Nacional y afirmó que “la oferta electoral presupone un compromiso de carácter político por parte de quien la ejerce y si bien el vínculo jurídico-político de la representación se perfecciona con el sufragio, no pueden desconocerle las consecuencias que de la oferta electoral derivan en cuanto a los derechos y expectativas de los ciudadanos”. Comparó la situación con el incumplimiento de la plataforma electoral, dado que resulta reprochable la postulación a una candidatura que no se está dispuesto a asumir, poniendo en riesgo el compromiso que forma parte de los procesos política cuya legitimidad corresponde proteger y preservar al fuero electoral del que es integrante.
Por otra parte, resulta curiosa la designación de Adorni por los efectos práctiucos que ella implica. El cargo de jefe de Gabinete, además de ser, como se ha dicho, el de mayor preeminencia entre sus pares de asesores del presidente, también es quien debe llevar adelante la coordinación de las políticas que se llevan adelante desde los distintos Ministerios y cómo se logra el respaldo a muchas de esas medidas con los sectores involucrados. Es decir, requiere de un margen de negociación y de diálogo que, si fuese una cualidad destacable de Adorni, no hemos tenido oportunidad de contemplarla. El estilo del vocero presidencial, abundante en chicanas, excedido en arbitrariedades para con los periodistas acreditados y sobrado en actitudes soberbias y sin ánimo de brindarle a la comunicación la profesionalidad y seriedad que amerita la labor; es todo lo contrario de lo que debe hacer un jefe de Gabinete. ¿Cómo va a encarar instancias de diálogo en relación a políticas sanitarias cuando su justificación para la eliminación de pensiones por discapacidad ha sido una radiografía que nunca fue utilizada para otorgar una pensión? El propio gerente de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), Diego Spagnuolo, en uno de los famosos audios que circularon sobre las presuntas coimas que tendrían como destinatarios a la hermana presidencial y secretaria General, Karina Milei, señalaba que la radiografía efectivamente nunca había sido validada para otorgar pensiones, todo lo contrario a lo que terminó diciendo Adorni en un golpe de efecto carente de sentido. Tampoco resulta claro su rol como vocero, ya que en los distintos escándalos acontecidos recientemente, Adorni hizo gala de sus dotes de mago y desapareció de escena, precisamente cuando la demanda de respuesta era urgente. Un vocero que es incapaz de hablar, puede oficiar de muchas otras cosas, pero jamás de vocero.
Asimismo, es interesante indagar en la historia de la figura institucional del jefe de Gabinete y, para ello, debemos remontarnos a los años ochenta, cuando gobernaba Raúl Alfonsín. Tras el triunfo en las elecciones legislativas de 1985, Alfonsín pone en marcha el Consejo para la Consolidación de la Democracia, cuya labor ha sido de gran utilidad para el diseño de la reforma constitucional de 1994. Una de las preocupaciones de Alfonsín era la limitación del poder político y cómo el hiperpresidencialismo que caracteriza al sistema político argentino podía ser atenuado. En este sentido, facultades como la designación y la remoción de magistrados son modificadas, derivando en la creación del Consejo de la Magistratura, eliminando la potestad unívoca del presidente para dichas tareas. Otro de los diseños para morigerar el hiperpresidencialismo fue la creación de la figura del jefe de Gabinete, que es equiparable a la figura del primer Ministro en los regímenes parlamentarios. En estos últimos, las mayorías y minorías, tras las elecciones, entran en un juego de alianzas para designar un primer Ministro que represente a una coalición de mayoría, cuyos miembros forman parte del resto del gabinete y, a su vez, los compromete a respaldar a su primer Ministro. En las elecciones se redefinen esas coaliciones, ya que los partidos compiten por separado. En caso que el partido político al que pertenece el primer Ministro obtenga un resultado desfavorable, la coalición gobernante elige un nuevo primer Ministro. En una Argentina donde las crisis políticas son recurrentes y cada una se vive como si el país fuera a disgregarse, el jefe de Gabinete es un fusible que oxigena al Poder Ejecutivo… O eso debería ser. La realidad es que el jefe de Gabinete no sólo pertenece al riñón del presidente, sino que incumple con el mandato constitucional de brindar explicaciones al Congreso y no ejerce su tarea de nexo entre el oficialismo y la oposición para evitar crisis tan pronunciadas como las que nos tiene habituados la Argentina.
En el albor de una nueva semana, con la designación de Adorni y la salida de Francos y del ministro del Interior, Lisandro Catalán, quien es reemplazado por el electo hace una semana diputado nacional, Diego Santilli, la Argentina promete un nuevo capítulo de cómo se justificarán dichas designaciones que tienen más de ribetes populistas que de un gobierno que tiene un camino definido de gestión.