En el Día Internacional de los Derechos Humanos, la elección de Alfonsín debe ser reivindicada como un mensaje para el futuro


Por Javier Varetto y Emilio Villena* Un 10 de diciembre de 1983, treinta y cinco años luego de aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Raúl Alfonsín asumía la presidencia de la Nación, luego del período más aciago de nuestra historia, etapa en la cual los derechos habían sido violentados de todas las formas posibles, ya sea por bandas civiles que actuaban bajo la tolerancia y promoción de los poderes fácticos del Estado, caso de la Triple A, o directamente por las fuerzas regulares de aquel, nacionales o provinciales o mediante organismos de inteligencia. 


La elección de ese día por parte de Alfonsín, tiene un valor en sí mismo, sin dudas, y a su vez un mensaje a futuro, lo cual tempranamente sería manifestado por medio del accionar de gobierno, continuando con el compromiso que previamente y durante la dictadura había llevado a cabo con los derechos humanos, como fundador de la Asamblea Permanente Por Los Derechos Humanos (APDH) y como abogado patrocinante de presos políticos, en nombre de quienes presentó una gran cantidad de Habeas Corpus solicitando por la legalidad de las detenciones, denunciando las condiciones bajo las cuales se producían y exigiendo la liberación de los detenidos.


Para las y los trabajadores en particular y para sus representantes gremiales, significó un momento único, contracultural en el ámbito de las tensiones distributivas, el fin de la posibilidad de tormentos y vejaciones como respuesta a los reclamos y reivindicaciones obreras y sociales, considerando que el principal destinatario de las políticas socioeconómicas de ajuste de la dictadura cívico militar, habían sido los trabajadores y sectores populares, doblegando su resistencia primero, para luego destruir el aparato productivo mediante el cambio de reglas en materia económica, financiera, fiscal, etc., lo cual arrastra consecuencias que 37 años de democracia ininterrumpida no pudieron cambiar aún.


El gobierno de Alfonsín y la impronta que este le puso al mismo, significó que ningún trabajador o trabajadora fuese obligado/a a arrodillarse frente a déspota o violento alguno, en razón de un reclamo. Alfonsín concretó con su amabilidad, templanza y sabiduría, que la mayoría aceptásemos vivir bajo las reglas democráticas, defendiendo su ejercicio si fuese necesario, no solo para elegir a nuestras/os representantes, también  demandando que ella finalmente cumpla su promesa de alimentarnos, curarnos y educarnos, deuda que el sistema mantiene con esa idealización de la democracia que todos nos hicimos, y con su alumno más destacado. 


*Varetto es secretario general nacional de la Organización de Trabajadores Radicales (OTR) y Villena es congresal nacional por la provincia de Córdoba en la OTR. 


 


 


 


 


 

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