Cosas que se devalúan más que el peso


Dar el ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás. Es la única manera.


Albert Einstein


Por Pablo Sulima* Dentro de las numerosas crisis que atraviesa nuestro país, hay una sobre la que me gustaría llamar la atención: la crisis de confianza.


A primera impresión, no parece que fuera a ser la más relevante. Hoy tenemos crisis para todos los gustos: económica, sanitaria, de representación política, social, financiera… en fin, somos un país en crisis, quizás en permanente crisis.


¿Por qué, entonces, quedarse con la crisis de confianza? Bueno, por una cuestión muy simple: los seres humanos vivimos en sociedad, lo cual implica necesariamente la división de tareas y la especialización de las funciones, pero también (y quizás lo más importante), que necesitamos confiar en los demás respecto de lo que cada uno de nosotros aporta a la vida en comunidad. El respeto por las normas, en ese sentido, brinda el marco necesario para que esa vida en sociedad sea posible.


Hace ya casi tres décadas, el filósofo y jurista Carlos Santiago Nino publicó Un país al margen de la ley, un pequeño libro que a pesar del paso del tiempo sigue siendo una referencia ineludible para entender la endémica crisis de confianza argentina. En él, Nino echa mano de la teoría de los juegos, una fecunda herramienta analítica surgida en el campo de las matemáticas (y utilizada con mucho éxito en el ámbito de la economía, y a partir de ahí en numerosas disciplinas), para explicar la dinámica de nuestra sociedad. Básicamente, lo que allí expresa es que, en la medida en que la gran mayoría de los ciudadanos está dispuesto a transgredir las normas en función de su propio beneficio, se produce lo que Nino denomina “anomia boba”, esto es, una dinámica social que produce resultados sociales altamente insatisfactorios, en la medida en que cada uno de nosotros pierde la referencia del cumplimiento de las expectativas sociales compartidas, y de ese modo también deja de tener incentivos para comportarse acorde a lo que se espera de uno.


Por supuesto, esto es fácilmente aplicable a numerosas situaciones de nuestra vida cotidiana. No hay más que ver, por ejemplo, cómo se maneja (y se camina) por las vías públicas de nuestras ciudades, o la cantidad de basura que solemos encontrar en lugares calles, veredas y parques, para entender cómo esas conductas repercuten catastróficamente en la dinámica social.


Sin embargo, mi intención en estas líneas es enfatizar el impacto que tiene en nuestra ciudadanía el patético y grotesco comportamiento de los funcionarios públicos nacionales, que no tienen ningún tipo de pruritos en hacer un llamamiento a la ciudadanía a respetar las decisiones emanadas de ellosen estos tiempos de pandemia, mientras al mismo tiempo ostentan un desprecio mayúsculo por aquellas mismas conductas que pretenden promover. En el sentido de lo propuesto a partir de las ideas de Nino, ello es doblemente grave en cuanto a que no sólo sus actos contribuyen negativamente a la convivencia social, sino que también se erigen en un modelo negativo de conducta. Hablando en criollo: Dan el ejemplo de que no parece ser importante ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace.


Veamos algunas situaciones que ilustran lo que estoy afirmando: el presidente de la república, sin ir más lejos, ha manifestado a lo largo de los años su rechazo a la gestión de Cristina Fernández durante el período 2011-2015, y hoy toma medidas prácticamente idénticas (o, peor aún, más extremas) que aquellas que criticó fuertemente; o su reiterada reivindicación de ser un hombre que no miente, cuando en campaña (entre otras cosas) prometió una fuerte recomposición salarial para los jubilados, y llegado al gobierno dejó sin efecto la normativa sancionada legislativamente en 2017, lo que implicó la pérdida de poder adquisitivo real de los ingresos jubilatorios. También manifestó en tiempos electorales que estaba en contra de una reforma del poder judicial, mientras que su gobierno está empeñado en sancionarla antes que cualquier otra cosa, dejando en claro que busca básicamente garantizar la impunidad de su compañera de fórmula. Todo ello sin olvidar, por ejemplo, las reuniones con diversos personajes de la vida política en contradicción con el aislamiento provomido por él mismo, o que le da “culpa” la opulencia de la Ciudad de Buenos Aires, siendo que vive de prestado en un departamento carísimo en uno de los barrios más lujosos de la capital…


Un último detalle que creo merece ser puntualizado: en estos días, frente a la creciente escasez de dólares, se hizo un fuerte llamado a la ciudadanía a ahorrar en pesos. Hasta ahí nada parece llamar la atención, hasta que nos enteramos la semana pasada que la mayor parte de los funcionarios de alto rango del gobierno tiene sus ahorros dolarizados, o ayer que el diputado Máximo Kirchner declaró patrimonialmente depósitos por casi tres millones de dólares, u hoy que el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, tiene más de 200.000 dólares en efectivo (o, en los términos propiamente kirchneristas, “fugados”).


¿Cómo se puede recomponer un tejido social con gobernantes que se comportan desobedeciendo las decisiones que ellos mismos pretender promover? Así vistas las cosas, está claro que hay cosas que se devalúan aún más que nuestra moneda nacional.


*El autor de la nota es politólogo egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y docente de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (UNTDF) 

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