CFK, el límite de la disonancia cognitiva y el aumento de Netflix


Por Pablo Sulima* En el campo de la psicología contemporánea, es cada vez más difícil presentar evidencias importantes contra el llamado sesgo de confirmación. Las razones no son ideológicas ni culturales, sino evolutivas: el cerebro humano es el órgano energéticamente más demandante en términos de funcionamiento, con un dos por ciento de la masa corporal, pero que acapara en condiciones normales el veinte por ciento del oxígeno y la glucosa del organismo. Por condiciones normales se entiende que no se produzca en nuestra conciencia una disonancia cognitiva (esto es, una contradicción entre lo que los sentidos “informan” al cerebro y sus creencias preexistentes), ya que cuestionar nuestro mapa mental implica tener que consumir recursos energéticos valiosos, en la medida en que nuestro GPS natural de la realidad está fallando. En ese caso, el cerebro tenderá a echar mano a cualquier “excusa mental” que lo haga salir de airoso de la disonancia, y la conciencia sólo actuará después para racionalizar esa situación (como cuando nos asustamos con la noticia de que nuestro referente político es un corrupto, pero nos aliviamos a continuación al enterarnos de que quien lo dice es el medio contra el que siempre batalló en nombre de verdad y de la justicia).


Sin embargo, la disonancia cognitiva tiene un límite: hay momentos en que el divorcio con la realidad es tan fuerte que ya no queda más que rendirse a la evidencia: gracias a eso, hoy (salvo cierto fanatismo extremo, pero minúsculo) nadie duda de la esfericidad de la Tierra, a pesar de que a simple vista parezca plana.


Al momento de escribir estas líneas, el Senado de la Nación acaba de resolver la remoción de tres jueces que investigan a la propia Cristina Fernández en causas de corrupción, el país cumple su sexto mes de cuarentena (la más extensa y restrictiva a nivel mundial), sin lograr siquiera que la curva de contagios de casos de coronavirus logre estabilizarse, y gracias a ello continúa escalando en el ranking de muertes, tasa de positividad y menor tasa de testeos (por citar algunos tristes indicadores), mientras que las restricciones económicas, sumadas a una cuota importante de improvisación, desmanejo financiero y arbitrariedad compulsiva han producido el colapso de industrias enteras (como el turismo o el entretenimiento, por citar sólo dos ejemplos), que, sumada a la falta de racionalidad económica y a la asfixia impositiva del gobierno han provocado el cierre de muchas pequeñas y medianas empresas, anuncios de empresas grandes de su salida del país, gasto público en aumento (y, peor aún, financiado cada vez más con emisión monetaria), restricciones extremas en el mercado de cambio y con una inflación sin signos de desaceleración, a pesar del congelamiento de tarifas en amplios rubros. El resultado final es el peor: un país con alarmantes niveles de pobreza estructural y de anomia institucional.


Por supuesto, el sesgo de confirmación nos puede ayudar a encerrarnos casi por completo en nuestra burbuja, pero me gustaría pensar que, en el contexto caótico que estamos atravesando, la prioridad de la vicepresidente de salvar judicialmente sus ropas mientras el país se cae a pedazos sea el punto de inflexión para todos aquellos que avalaron electoralmente este previsible descalabro social, en nombre de pueriles promesas de heladeras llenas y de asados, y que no han tenido (por lo menos hasta ahora) la dignidad de reconocer que gracias al retorno del kirchnerismo Argentina se encuentra, tristemente, cada vez más cerca de Venezuela.


Eso, o el aumento de Netflix.


*Sulima es politólogo egresado de la Universidad de Buenos Aires y docente de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur 


 

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