El autismo de la política



Por Pablo Sulima* El autismo es un trastorno neurológico por el cual una persona no puede conectarse emocionalmente con los demás. Dicho de la forma más sencilla: no puede empatizar, ponerse en el lugar del otro.


Me cuesta encontrar metafóricamente un concepto mejor que ése para explicar el comportamiento de la dirigencia política argentina. En todo caso, no es un mal exclusivamente autóctono: Yuval Noah Harari, el pensador israelí que, convertido en celebridad mundial tras la publicación de De animales a dioses y Homo Deus, tuvo oportunidad de conversar personalmente con varios líderes mundiales, dice como experiencia que el poder es como una especie de agujero negro, que deforma y se traga todo lo que se encuentra a su alcance, y que, en virtud de eso, el político vive en una especie de realidad paralela a la del común de los mortales.


En el caso argentino, lamentablemente, la situación es aún más penosa.La dirigencia política es incapaz de conectarse emocionalmente con la ciudadanía, en muchos casos desbordada ante situaciones de angustia provocadas por la falta de ingresos,en otros por el estrés de vivir en condiciones de hacinamiento, en muchos por no poder compartir un encuentro con gente de su círculo íntimo: el caso de Solange y su padre en Córdoba, o el de las hermanas fueguinas con el suyo en San Luis son sólo el extremo de muchas otras situaciones angustiantes que han tenido que soportar con estoicismo muchos argentinos.


Frente a eso, hemos sido testigos de uno de los más tristes récords de la pandemia: el de un país en el que los políticos no hicieron ningún aporte solidario de su bolsillo. Pero ésa es sólo la punta del iceberg: una cuarentena que no contempló ningún tipo de estrategia para paliar la catástrofe económica que generó (recordemos por ejemplo que la única medida que se tomó hasta mediados de marzo fue pedirles a los ingresantes al país que completaran… una declaración jurada -toda una muestra de la incapacidad de la política argentina de resolver nadasino es a través de burocracia-, y luego se pasó a una cierre compulsivo de la mayor parte de las actividades de contacto social).A pesar de llevar casi medio año transitado en confinamiento (la cuarentena más extensa a nivel mundial), y el consiguiente brutal parate económico, Argentina sigue ascendiendo en el ranking de casos (al momento de escribir esta nota, está en el puesto 29 de muertes por millón de habitantes, a punto de superar a Honduras).Mientras tanto, como solución a todo problema, la dirigencia política apeló a los viejos vicios de siempre: restricción compulsiva de las libertades individuales, toma de decisiones discrecionales, aumento de la burocracia y del gasto público,suelta de presos (políticos y no políticos), patoterismo sindical amparado por el estado, una agenda política propia de un país de fantasía (piense usted, señor lector, en que la principal preocupación actualdel gobierno es… una reforma judicial bastante viciada en todo sentido), y, lo más triste de todo, una dirigencia política que pide responsabilidad en el cumplimiento de ciertas medidas que ella misma incumple con descaro.


El que sufre de autismo no puede entender el estado emocional de los demás. En su favor, asumo que la dirigencia política es incapaz de reconocer la situación por la que atraviesa la sociedad argentina. Porque la otra posibilidad es aún peor: que laconozca, y que no le importe.


*El autor es politólogo egresado de la Universidad de Buenos Aires, docente de la Universidad de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (UNTdF) 


 


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