Así empiezan las dictaduras: reflexiones sobre la bochornosa sesión especial en Diputados


Así empieza el descenso a los infiernos de las dictaduras. Anulando el Congreso y desconociendo a la oposición. El bochorno en que se convirtió la sesión especial en la Cámara de Diputados en la que, a raíz del capricho del Frente de Todos por tratar la reforma judicial, el ajuste en los haberes jubilatorios y el presupuesto 2021, entre otros asuntos, no puede ser tomado como una anécdota más en el funcionamiento del Congreso de la Nación. En lugar de reafirmar el diálogo con todos los bloques, Sergio Massa (quien prometía hace poco barrer con los "ñoquis" de La Cámpora), anoche optó por barrer con la presencialidad de 116 diputados que se encontraban en el recinto de la Cámara baja. 




En estricto sentido de verdad, no existen prácticamente objeciones a la idea de reformar el Poder Judicial. Que es necesario modificar su funcionamiento para dar respuestas a la litigiosidad, es verdad de perogrullo. Pero: ¿Es imprescindible hacerlo en medio de la peor pandemia que vive el mundo después de la gripe española de 1918? ¿Aportará soluciones a las calamidades que atraviesan los millones de desempleados y los miles de comercios que cierran definitivamente en cada rincón de la República Argentina? La reforma judicial no es más que la preocupación de narcotraficantes y corruptos. No generará trámites de adopción más ágiles. No permitirá divorcios con celeridad. No bajará la arbitrariedad y litigiosidad del fuero laboral. En pocas palabras, la reforma judicial no es lo que le preocupa al vecino de Comodoro Rivadavia o a la vecina de Apóstoles en Misiones ni al joven de Río Grande que perdió su trabajo en la industria. 


No obstante, el antecedente que se genera con la escandalosa sesión nos remonta al ejemplo de la República Bolivariana de Venezuela, que tiene dos presidentes y dos Congreso. Un presidente, Nicolás Maduro, cada vez más aislado mientras se dedica a hablar con pájaros y automedicarse con vacunas. Otro, Juan Guaidó, reconocido por algunos países y en el suyo propio carente de legitimidad. Una Asamblea Nacional chavista, bolivariana, caribeña, amante de los petrodólares. Otra Asamblea Nacional que discute y discute pero no puede ofrecer más que dialéctica. 


El dilema de la Argentina, aunque no se llegue a semejante extremo, tampoco nos puede hacer dormir en los laureles del conformismo de la formalidad. Mientras el titular de la Cámara baja, incluso por un instinto de supervivencia política y para no caer en el síndrome del pato rengo que afecta a los presidentes sin mayorías parlamentarias, debe sostener el diálogo que asegure algo tan importante como es la suficiente cantidad de votos para asegurar quórum y eventual pasaje sin dilaciones de los proyectos; Massa optó por cortar los puentes que unen a los oficialismos y las oposiciones en esa maravillosa idea nacida en Grecia pero perfeccionada hace cuatro siglos llamada democracia. 


Como si fuese poco, el interbloque de Juntos por el Cambio, que integran la Unión Cívica Radical (UCR), el Pro y la Coalición Cívica, anticiparon que recurrirán a la justicia para impugnar la sesión que duró menos de un día pero que ocupa la tapa de los diarios hace, al menos, una semana. Las idas y vueltas de Massa, las amenazas de un sindicalista como Norberto Di Próspero, cuyo patrimonio hace honor a su apellido desde que es gremialista y hace replantear esa idea sobre la predestinación de quienes gozan de determinado apellido; no pueden augurar un buen desenvolvimiento de este asunto, resultado, ni más ni menos, que de la prórroga de un protocolo que venció hace un mes y que el oficialismo no pudo extender por ese problema que nos llevó a lo que no queremos volver: las dictaduras por la falta de diálogo entre mayorías y minorías que, más que mirar al otro, sólo eran capaces de contemplar sus propios ombligos. 


 

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