• Miercoles 22 de Septiembre 2021

En torno a la derrota del Frente de Todos en las PASO

La derrota sufrida por el Frente de Todos en 18 de 24 distritos del país preanuncia una serie de movimientos con vistas a mejorar (o revertir) el resultado en las elecciones generales del 14 de noviembre. Cambios en el gabinete, giros discursivos y hasta el vuelco de ingentes recursos para generar una mayor sensación de reactivación económica, son algunos de los ejes que se plantearon en las horas posteriores a la desazón kirchnerista en las últimas horas del domingo 12 de septiembre. 
 
La alianza que realizó el kirchnerismo con Sergio Massa, Alberto Fernández y sectores del Partido Justicialista (PJ) que se encontraban dispersos hacia 2015, reflejó en el gabinete una mixtura que entra en crisis cuando se discuten ciertos temas sobre los cuales no existe consenso. Declaraciones del ministro de Economía, Martín Guzmán, proclive a pensar el equilibrio macroeconómico y de las finanzas desde una lente que no incluye tarifas energéticas subsidiadas, o el esfuerzo por lograr recortes en el gasto público a fin de disminuir el déficit que impacta en las ATP o los IFE implementados en el marco de la pandemia de Covid19 durante gran parte de 2020, colisionaron frontalmente con el cúmulo de principios que ofrece el kirchnerismo a sus militantes. Así, la presión no es sólo hacia los millones de argentinos que han visto deteriorar su situación socioeconómica: también es sobre aquellos sectores militantes que buscan retroceder en algunas decisiones y medidas que toma el Gobierno. El pedido de renuncia al secretario de Energía, Federico Basualdo, que provocó tironeos entre Guzmán y su subalterno, llevó también a la disputa entre las máximas figuras del elento gobernante: Fernández, Kicillof y Fernández de Kirchner, han tomado parte en este pequeño capítulo de la gran guerra dialéctica que llevan los distintos fragmentos de la alianza que llegó a la Casa Rosada. 
 
Es verdad de perogrullo advertir que el alegato harto repetido sobre la responsabilidad de Mauricio Macri y Cambiemos en algunos de los tantos problemas que atraviesa el país, simbolizado en la ya trillada frase "Ah pero Macri", claramente dejó de servir como elemento exculpatorio de las deficiencias de la gestión. Nadie (o casi nadie) se atreve a negar las consecuencias que una pandemia y sus consiguientes medidas restrictivas implican. Pero a casi dos años de haber asumido Fernández la presidencia de la nación, seguir responsabilizando a Macri cuando existe sobrada evidencia de errores cometidos con dolo, no puede ser admitido en una porción de la opinión pública. De ahí a encontrar chistes que dicen que la foto del cumpleaños de Fabiola Yañez en la Quinta de Olivos fue porque Macri sacó la foto y la divulgó, roza el borde de lo ridículo para exponer hasta qué punto la falta de autocrítica o la relativización de la autocrítica es la autoflagelación hecha discurso. 
 
De acuerdo a las primeras informaciones surgidas desde el propio seno gubernamental sobre las medidas que tomaría el Gobierno nacional para revertir el rersultado, se habla de proyectar más obra pública, subsidiar más el consumo y, a fin de cuentas (disculpando la humorada económica), aumentar más el gasto público. Esta santa trinidad del decálogo del buen samaritano electoral insufla oxígeno a la estrategia oficial. El problema, como desde el segundo trimestre de 2020, es el margen de maniobra para concretar esta expresión de buenos deseos. Las variantes Delta y Mu de Covid19 y los riesgos que las mismas provocan en una eventual mayor flexibilización, es una de las cartas que nadie sabe cómo puede funcionar. ¿Podrá el Gobierno nacional generar una sensación mayoritaria de reactivación de la economía con mayores efectos concretos y visibles en la gente? ¿Cuánto de esto es posible sin emitir más moneda y resintiendo la ya presente presión inflacionaria que, algunos vaticinan, se mantendría durante 2022 lo más campante? 
 
No faltan tampoco quienes pretenden recurrir a la radicalización del discurso y el accionar. Desde reformas constitucionales hasta expropiaciones y un mayor intervencionismo estatal (como proponen algunos medios de comunicación que intentan correr al Gobierno por izquierda tirando bombas amigas), lo que pocos parecen advertir es que, en definitiva, lo que no existe es la sensación de final del túnel. Cuando Cristina Fernández unge a Daniel Scioli en 2015 como candidato a presidente, el desgaste de 12 años en el poder y la incapacidad implícita del kirchnerismo de satisfacer las demandas ciudadanas en aumento, provocó el triunfo de Macri, que ofrecía lo que el kirchnerismo no podía: satisfacer esas nuevas demandas. Cuando en 2019, triunfa Alberto Fernández, lo hace con el discurso de la autocrítica y prometiendo "volver siendo mejores": ¿qué mejor que la parábola del hijo pródigo para ganar elecciones? Pero 2020 y 2021 muestran que no sólo no han vuelto siendo mejores: muestran que siguen padeciendo los mismos vicios discursivos de trinchera, divisionismo y grieta por doquier. En lugar de unir, dividen. En lugar de dialogar, se encierran en sus torres de cristal. En lugar de buscar puntos de encuentro, optan por reincidir en las figuras de diatriba guerrera. En lugar de fortalecer las instituciones y apreciar esa gran obra como es la Constitución de 1994, buscan forzar los límites promoviendo reformas judiciales que sólo son para un pequeño grupo de interesados en lograr dilatar las causas judiciales. 
 
El voto castigo en contra del Frente de Todos se hizo sentir en gran parte del país, que terminó derrotado incluso en provincias donde históricamente triunfaba. La primera reacción, que ofrecía un atisbo de autocrítica, terminó siendo un redoble de apuesta para convencer a amigos, vecinos y compañeros de trabajo, en vez de pensar que la derrota tenía sus motivaciones en una gestión de gobierno que no ofrece lo más importante en el ser humano: optimismo. 
 

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