Coronavirus y xenofobia

La aparición y expansión del Coronavirus y su declaración como pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), potenció los ánimos nacionalistas y exacerbó los discursos de quienes convierten la tragedia en la oportunidad para obtener rédito que por otros medios no pueden alcanzar. Que esta mutación del virus haya aparecido en Wuhan, China, primeramente dio pie a fortalecer los prejuicios contra la comunidad asiática y, seguidamente, dio a ciertos sectores radicalizados la excusa perfecta sobre los beneficios de cerrar las fronteras y hacer del odio irracional hacia el extranjero su principal caballito de batalla, un cuento tan antiguo pero no por eso menos actual. 
 
El miedo a lo distinto convive con el ser humano desde los orígenes mismos de la raza y, en gran medida, el proceso de hominización, la formación de las primeras ciudades sobre la Mesopotamia en el Medio Oriente, la consolidación de los estados nacionales en Europa, tuvieron en el concepto del "otro" su leitmotiv. Ese "otro" motivó que pudiésemos organizarnos en manada para cazar grandes animales prehistóricos para alimentarnos y sobrevivir. Ese "otro" motivó que pasáramos del nomadismo al sedentarismo, nos asentáramos a orillas de los grandes ríos que nos brindaban fuente de supervivencia en épocas de sequía pero también fuente de abundancia para los cultivos que nos facilitasen la diversificación de la dieta. Ese "otro" motivó que con la Paz de Westfalia tras la guerra de los Treinta Años se pudiese hablar de Estados Nacionales, con límites territoriales definidos, en reemplazo de los antiguos regímenes feudales. Estos nuevos Estados Nacionales implicaron, asimismo, sentar las bases del derecho internacional propiciando un equilibrio europeo entre potencias de modo tal que no pudiesen unas imponerse sobre otras. 
 
No obstante, algunos movimientos hicieron de su rechazo al "otro" la piedra fundamental de su ideario. El nazismo, el comunismo, las ultraderechas nacionalistas, son los ejemplos paradigmáticos de cómo el rechazo por el extranjero mueve las más íntimas fibras sentimentales en lo que constituye también un rechazo a todo intento de racionalizar la vida. Si después de la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética a principios de los noventa, Francis Fukuyama auguraba el fin de la historia tras el triunfo del capitalismo liberal en el orden internacional, el siglo XXI demostró que eso no era cierto. Y no sólo para aquellos países que pretendían eclipsar a Estados Unidos y aquellas naciones "triunfadoras" tras la ruptura de la Unión Soviética.  
 
El atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 marcó el inicio de una nueva era: Estados Unidos no sólo ya no se sentía segura dentro de sus límites territoriales. También incurría en el rechazo al otro llevando al límite aquellos principios que los padres fundadores plasmaron en la Constitución respecto de la libertad y del respeto por las formas de vida. Aunque desde los años 60 la prédica de Martin Luther King puso el foco en el rechazo por el otro que los Estados Unidos practicaba dentro de sus fronteras, esta vez adquirió una fuerza inusitada, con un presidente como George Walker Bush asumiendo un rol de predicador de la palabra cristiana contra los islámicos y todos quienes no aceptaran esta lente cristiana bautista a la que adhería el propio mandatario que hasta llegó a proponer el regreso de la doctrina cristiana a las escuelas en lo que significó un desconocimiento de la doctrina de la muralla en lo atinente a la separación del Estado y la iglesia. 
 
La declinación del cientificismo para dar lugar a visiones anacrónicas, plagadas de retórica fundamentalista religiosa, no fue exclusiva de Bush (h.). También en Europa se plasmó esta (no tan) nueva concepción política con el resurgimiento de nacionalismos de variopinto pedigree. Al Frente Nacional de Jean Marie Le Pen en Francia (sucedido por su hija Marine), se fueron generando la Liga del Norte en Italia que hoy gobierna con el Movimiento 5 Estrellas en una dupla que sería cómica si no fuese real con Matteo Salvini y Beppe Grillo, respectivamente. En Hungría, Austria, Grecia o Suecia, la ultraderecha nacionalista antieuropeísta y antiinmigración genera cada día más adeptos con una trayectoria vasta. Pero en España, la fracción más radical del Partido Popular se escindió y formó Vox, enalteciendo al mayor referente de esta tendencia que incluso hoy tiene a Donald Trump como su líder espiritual. 
 
En este 2020, el Coronavirus es la excusa perfecta de quienes buscan constantemente excusas para mostrar su odio hacia quienes no nacieron en el mismo lugar que uno. Ya dijo Jorge Luis Borges que nada más artificial había que las fronteras, dado el sinsentido de que la misma tierra se llame de distintas maneras cruzando líneas imaginarias. Expulsar extranjeros, segregar o discriminar en situaciones cotidianas a quienes por rasgos faciales son considerados portadores de virus de manera automáticas, son "justificables" por una pandemia que, como se ha demostrado, tiene un grado de mortandad notoriamente inferior a otras patologías a las que sin embargo no se les presta atención. La paranoia de quienes magnifican una mutación de un virus surgido en un lejano país y que por decisiones equivocadas ha adquirido una gravedad inusitada, es la circunstancia ideal para desinformar sobre otros asuntos. ¿Acaso el sarampión o el dengue son menos graves? ¿O existen líneas editoriales particularmente interesadas en reemplazar a esas enfermedades por esta otra que hoy nos convoca? 
 
En 2014 sucedió una situación similar pero con el Ébola, patología endémica de África que acaparó rápidamente los titulares de los noticieros y diarios, en detrimento de otras problemáticas mucho más graves, estructurales y mortales que padece el continente africano: el hambre, la pobreza, la indigencia, la violencia política, las dictaduras, el colonialismo que sigue vigente a través del extraccionismo y la explotación de recursos naturales que arrasa con todo dejando lo que no le sirve: la misma gente que la habita. 
 
La búsqueda de culpables frente a una pandemia es algo tan viejo que hasta la Biblia misma atribuye la destrucción de Sodoma y Gomorra a la ira de dios por la lujuria y las desviaciones de sus habitantes. No faltará, incluso, aquel obispo o representante de dios en la Tierra que sostenga que el Coronavirus es la respuesta ante los males del mundo en los años que vivimos: el feminismo, la lujuria, el libertinaje, dar la espalda a la palabra del señor. No sería raro que algunos predicadores evangélicos de esos que abundan en la América latina de las últimas décadas pretendan vender gato por liebre y oferten el oro y el moro (espiritualmente hablando siempre) para calmar la ira de alguna entidad superior que nos gobierna. 
 
En todos los casos, el odio hacia el "otro", el reclamo de cerrar las fronteras alegando que los "otros" le quitan el trabajo a los "nuestros" o que los "otros" aprovechan los excesivos beneficios de "nuestro" Estado Benefactor, son algunos de los tópicos tantas veces repetidos por quienes aprovechan una mutación de un virus para hacer de las suyas y ver si pueden, de tanto en tanto, resucitar al nacionalista orgulloso que desconoce que, incluso, los primeros homínidos son de África. El resto de la humanidad es ni más ni menos que el resultado de migraciones que hoy pretenden limitar por obra y causa de una ley. 
 

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