Laura Avila, lenguaje inclusivo, régimen menstrual y la competencia por presentar incongruencias

La secretaria de la Mujer del Municipio de Ushuaia, Laura Ávila, pareciera haber ingresado en una competencia con su esposo, el diputado Matías Rodríguez, también de La Cámpora, que desde agosto a noviembre sólo presentó tres proyectos propios. Ávila esta vez se encargó de dar la nota a través de iniciativas poco apropiadas para con las dificultades que atraviesa Ushuaia. Avala una iniciativa de Silvio Bocchicchio, de Ecos, que propone la implementación de un régimen menstrual que reparta elementos como toallas femeninas, tampones, bombachas absorbentes, entre otros insumos, con un costo de 70 millones de pesos al año. Ahora, fue la impulsora de la utilización de "lenguaje inclusivo y de género" en la normativa emanada por el Departamento Ejecutivo Municipal. 
 
Según Ávila, esta iniciativa apunta a eliminar el sexismo y la discriminación en el lenguaje. Manera un tanto contradictoria de promover la igualdad habiéndose registrado denuncias por violencia de género contra funcionarios municipales que sólo finalizaron con la renuncia de quien hizo la denuncia pensando en la bonhomía de la gestión que encabeza Walter Vuoto. Es dable sostener que la igualdad de género y las políticas inclusivas no consisten única y exclusivamente en la pretendida superioridad moral que alegan algunos para querer modificar el lenguaje con el que se expresan las personas. Es importante advertir que el lenguaje constituye un claro sistema de órden espontáneo que no puede ser regulado. El esperanto es el ejemplo arquetípico de cuán imposible es crear un lenguaje. Hasta la Real Academia Española admite, implícitamente, que no puede regular el lenguaje pues sólo luego de observaciones en países diversos y en espacios de socialización tan amplios como oficinas, colectivos, medios de comunicación radiales, escritos y audiovisuales, proponen la incorporación al diccionario de la RAE de una palabra tras una extensa y detallada fundamentación. No nos es posible entender, entonces, cómo una funcionaria pretende generar cambios que sólo son resultado de un largo, complejo e intrinciado proceso de evolución cultural que está más allá de las pretensiones de una persona. 
 

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